Falta de azúcar en Cuba, ¡qué vivan los refrescos artificiales!
15 de octubre de 2024
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ue los cubanos han sabido adaptarse en medio de muchas
muchas crisis no es un secreto para nadie, más aún cuando se trata de comida. En ciertos círculos internacionales, esta característica es admirada como un ejemplo de resistencia; pero para los cubanos que padecen el hambre y la mala alimentación no suele existir otra alternativa más que la resignación. Como una ley no escrita en la Constitución de la República, en la Isla, o te adaptas o mueres.
Detrás de la supervivencia se esconden prácticas desesperadas para asegurar la alimentación, muchas veces a costa de la salud. Resulta imposible describir de otra manera una de las más recientes mañas que ocupan las personas como parte de su “resistencia”: el azúcar se ha perdido y, con pocos sustitutos a la vista, las familias recurren a los refrescos en polvo como endulzantes.
En un país donde la caña de azúcar fue una vez el pilar de la economía, no deja de ser irónico que ahora se recurra a soluciones tan inusuales. Pero la escasez de azúcar en Cuba no es un fenómeno reciente, sino una constante que ha acompañado a la isla durante las últimas décadas.


Sobre este fenómeno, Food Monitor Program ya ha registrado casos similares como el endulzamiento de bebidas con jarabes médicos. Sin embargo, cuando se referencia este tema, existe más que una simple paradoja de la decadencia de una industria que alguna vez fue próspera, sino la existencia de una respuesta desesperada a una situación que tuvo su origen a inicios de este siglo.
El declive de la industria azucarera cubana se aceleró significativamente bajo el régimen de Fidel Castro. En 2002, Castro ordenó el cierre del 70% de los centrales azucareros del país, una medida que devastó comunidades enteras cuya existencia giraba en torno a la producción de azúcar. Esta decisión, presentada como una “reestructuración” necesaria, redujo drásticamente la capacidad de producción de azúcar y dejó a miles de trabajadores sin empleo.[1]
La industria, alguna vez orgullo de la economía cubana, se vio reducida a una sombra de su antigua gloria, obligando al país a importar azúcar para satisfacer la demanda interna. Sin embargo, el monto destinado a estas compras no ha parado de disminuir desde entonces.


Este contexto, unido a la crisis actual, ha hecho de los refrescos en polvo un ejemplo claro de cómo la necesidad puede llevar a la innovación, pese a que esté muy lejos de ser ideal. Existen otros factores que inciden en el consumo “alternativo” de estos polvos: su relativa facilidad de adquisición, su bajo precio, la presencia de estos en múltiples comercios y los constantes atrasos en la distribución del azúcar de la canasta básica.
El uso de refrescos instantáneos como edulcorantes es la fidedigna representación de una economía de subsistencia donde los productos básicos son escasos y caros. En un mercado donde el azúcar es un lujo, los refrescos en polvo, más accesibles y económicos, se convierten en una alternativa viable, como un recordatorio constante de las limitaciones económicas que enfrentan los cubanos y de cómo estas afectan su vida diaria de maneras profundas y a menudo invisibles a la opinión pública internacional.
Al margen de consideraciones filosóficas, esta práctica tiene implicaciones para la salud. En entrevista anónima con un doctor en activo en la provincia de Guantánamo, se pudo constatar que en sus consultas existe un incremento de casos con sintomatologías gastrointestinales, agravadas por el consumo de refrescos y la escasez de fármacos. En este sentido, el especialista también hizo referencia un desafortunado incidente que casi cobra la vida de una lactante con apenas unos meses de vida.
La madre de la bebé, al carecer de azúcar por días y no tener opciones para endulzar la leche que le administraba a la niña, recurrió al uso de refrescos en polvo para dulcificar este producto. El resultado final fue que la bebé comenzó con un cuadro de vómitos y diarreas que la llevo a la deshidratación y tuvo que ser ingresada en cuidados intensivos. Por suerte se logró estabilizar y salvar su vida, pero no deja de sorprender a los extremos que puede llegar una persona para alimentar a sus hijos en medio de toda esta escasez. Lamentablemente casos como estos se ven cada vez con mayor frecuencia.


Finalmente, es importante considerar las implicaciones a largo plazo de estas prácticas. La dependencia de productos procesados y artificiales puede tener consecuencias negativas para la salud pública. En un país donde el acceso a la atención médica y a una nutrición adecuada están muy lejos de ser moneda corriente, la realidad de la escasez de azúcar y la dependencia de los refrescos en polvo pueden ser el detonante de nuevas contradicciones y desafíos para los cubanos.
La cocina cubana, rica en sabores y tradiciones, languidece por la necesidad de adaptarse a los ingredientes disponibles. Los platos que una vez se preparaban con productos frescos y locales ahora se modifican para incluir alimentos procesados y artificiales.
Esta transformación va más allá de sabores y la calidad de la comida. Incide en una identidad cultural, intrínsecamente ligada a la gastronomía, que se ha visto forzada a cambiar y a adaptarse a formas que pueden ser irreconocibles para las generaciones futuras.
[1] Sarah Moreno (2019) Depresivos, tristes y suicidas. Así terminaron algunos cubanos cuando se desplomó la zafra. Disponible en: https://www.elnuevoherald.com/noticias/america-latina/cuba-es/article235476082.html